Toku’un-ji Temple Ossuary, Kurume, Fukuoka, Japan. Kiyonori Kikutake, 1965

Toku’un-ji Temple Ossuary, Kurume, Fukuoka, Japan. Kiyonori Kikutake, 1965

— hace 2 días
#Arch Tekton  #kiyonori kikutake  #1960s  #japón 

Onna ga kaidan o agaru toki. Mikio Naruse, 1960

Onna ga kaidan o agaru toki. Mikio Naruse, 1960

— hace 2 días
#mikio naruse  #cine  #1960s  #japón 

Revíranse os páxaros contra as escopetas

— hace 4 días
#mamá 

María Dávila & Eduardo Portillo, 2013

— hace 5 días
#design  #textil  #azul  #2010s 

"Recuerdo que, pese a encontrarme profundamente interesada en mi novela, me sorprendí en un momento dado, al dar la vuelta a una página y habiendo perdido el hilo de la historia, levantando los ojos del libro y fijándolos intensamente en la puerta del dormitorio. Escuché un momento con la débil sensación que tuve, la primera noche, de que había algo indefinidamente activo en la casa, percibiendo, a través de la ventana abierta, la suave brisa que agitaba el cortinaje a medio correr. Después, dando muestras de una fría deliberación que habría parecido magnífica si alguien hubiese podido admirarla, dejé el libro, me levanté, tomé una de las velas, salí resueltamente del dormitorio y desde el pasillo, apenas iluminado por mi vela, cerré con llave, muy despacio, la puerta tras de mí.

Ahora no puedo decir a qué móvil obedecía ni cuál era el objeto que pretendía alcanzar, pero avancé resueltamente por el corredor, con la vela en alto, hasta llegar a la gran ventana que presidía la imponente curva de la escalera. Entonces, de improviso, percibí tres circunstancias. Fueron prácticamente simultáneas, aunque sus destellos se sucedieran. A consecuencia de un brusco movimiento, la vela se apagó, y advertí, por la ventana desprovista de visillos, que la grisácea claridad del día naciente la había hecho innecesaria. Sin ella, un instante después, pude ver una forma humana en la escalera. Hablo de instantes sucesivos, pero no fue menester un lapso de segundos para que yo me irguiera, dispuesta a un tercer encuentro con Quint. La aparición había alcanzado el rellano que dividía en dos la escalera, y estaba, por lo tanto, en el lugar más próximo a la ventana, cuando al verme se detuvo y me observó exactamente como me había observado desde la torre y desde el jardín. Me conocía tan bien como yo lo conocía. Y allí, en el frío y desfalleciente crepúsculo matinal, entre dos resplandores, el alto resplandor de la ventana y el reflejado más abajo, sobre el piso de la lustrosa escalera de roble, nos encaramos con mutua intensidad. En esta ocasión era, por completo, una viva, detestable, peligrosa presencia, Pero no era ése el asombro de los asombros; este rango eminente lo reservo a una muy otra circunstancia: la circunstancia de que el estpanto me había abandonado y de que nada había en mí que no afrontara y midiera al enemigo.

Muchas angustias he padecido después de ese momento extraordinario, pero _¡gracias a Dios!_ nunca más tuve miedo. Y él lo supo.”

Otra vuelta de tuerca. Henry James, 1898

— hace 5 días
#henry james  #libros  #novela  #XIX 
Atlas Miller [Pergamino de Açores, 415 x 590 mm.] Lopo Homem, 1519. Biblioteca Nacional de Francia

Atlas Miller [Pergamino de Açores, 415 x 590 mm.] Lopo Homem, 1519. Biblioteca Nacional de Francia

— hace 6 días
#mapas  #lopo homem  #atlas miller  #XVI 
Atlas Miller [Pergamino del Atlántico, 610 x 1180 mm.] Lopo Homem, 1519. Biblioteca Nacional de Francia

Atlas Miller [Pergamino del Atlántico, 610 x 1180 mm.] Lopo Homem, 1519. Biblioteca Nacional de Francia

— hace 6 días
#mapas  #lopo homem  #atlas miller  #XVI 

Atlas Miller [Pergamino de Brasil, 415 x 590 mm.] Lopo Homem, 1519. Biblioteca Nacional de Francia

Atlas Miller [Pergamino de Brasil, 415 x 590 mm.] Lopo Homem, 1519. Biblioteca Nacional de Francia

— hace 6 días
#mapas  #lopo homem  #altas miller  #XVI 

Atlas Miller [Pergamino de India y Arabia, 415 x 590 mm.] Lopo Homem, 1519. Biblioteca Nacional de Francia

Atlas Miller [Pergamino de India y Arabia, 415 x 590 mm.] Lopo Homem, 1519. Biblioteca Nacional de Francia

— hace 6 días
#mapas  #lopo homem  #altas miller  #XVI 

Marc Chagall, en su estudio, pintando el futuro techo de la Ópera de París. Izis Bidermanas, 1964

Marc Chagall, en su estudio, pintando el futuro techo de la Ópera de París. Izis Bidermanas, 1964

— hace 1 semana con 1 nota
#marc chagall  #pintura  #izis bidermanas  #photography  #1960s 

"Minha seleçãozinha de ouro da Copa do Mundo de 1962 eu vos suplico que não jogueis mais futebol internacional não porque o meu pobre coração não agüenta tanto sofrimento eu juro que prefiro ver vocês disputando só aqui dentro do gramado nacional porque aqui a gente já sabe como é (…) porque nós somos todos irmãos e briga entre irmãos se resolve em casa mas lá fora tudo é diferente eu quase tive um enfarte eu quase tive uma embolia tinha uma coisa que bolia dentro do meu cérebro eu acho que era o Puskas chutando minha massa cinzenta de tanta raiva filho de uma boa senhora vocês deviam é ter-lhe dado um pontapé…"

"Canto de amor e de angústia à seleção de ouro do Brasil", en Para viver um grande amor. Vinicius de Moraes, 1962

— hace 1 semana
#vinicius de moraes  #brasil  #1960s  #fútbol 

”(…) Como sigo deseoso de hablar del clima, déjenme decir que mi población, y de hecho toda la zona interior y oriental de Illinois, forma parte con orgullo de lo que los meteorólogos llaman Tornado Alley o el corredor de los tornados. La incidencia de los tornados desborda toda proporción estadística. Personalmente, he visto dos en tierra y cinco en el cielo, intentando ensamblarse. Los tornados en el cielo son de un gris blanquecino, más parecidos a convulsiones dentro de las nubes de tormenta que sobresaliendo o separándose de ellas. Los tornados en tierra son negros debido simplemente a las toneladas de tierra que absorben y hacen girar. (…) La mayoría de los días entre finales de marzo y junio hay alertas de tornados. Las alertas quieren decir que las condiciones son propicias y todo eso, que tampoco es nada del otro mundo. Solamente las más escasas Alarmas de Tornado, que requieren un avistamiento confirmado por alguien en estado de sobriedad, disparan las sirenas del sistema de defensa civil. Cuando sonaban las sirenas, las familias del lugar corrían a sus despensas subterráneas o a sus refugios antinucleares (no es broma). Las familias de los académicos que vivían en flamantes casas prefabricadas con jardines nuevos y cimientos planos agarraban los amuletos que les pudieran dar mayor suerte y se colocaban en el punto más céntrico de la planta baja después de abrir todas las ventanas para evitar una implosión causada por la caída en picado de la presión. En el caso de mi familia, el punto más céntrico era un pasillo que había entre el estudio de mi padre y un armario para la ropa, con una reproducción de una anunciación flamenca en una pared y un sol de bronce azteca colgando en disposición guillotínica de la otra. Yo siempre intentaba colocar a mi hermana debajo del sol de bronce.

Si tenía lugar una alarma mientras uno estaba fuera y lejos de casa _por ejemplo, en un torneo de tenis en algún parque público olvidado de Dios situado en una zona periférica donde se proyectaba una expansión urbana_, se suponía que tenías que tumbarte boca abajo en la depresión más pronunciada que pudieras encontrar. Como las únicas depresiones reales que se podían encontrar alrededor de la mayoría de las pistas de tenis eran las zanjas de riego y desagüe que bordeaban los campos cultivados, inundadas de algas, insecticida para los mosquitos y lo que siempre parecían convenciones de víboras cobrizas, así como otros sitios donde un hombre racional no se tumba boca abajo bajo ninguna circunstancia, en la práctica durante una alarma en un torneo metías tu raqueta en la funda, corrías en busca de tus seres queridos o simplemente de alguien que te cayera bien y te dedicabas a dar vueltas intentando que no se notara que estabas a punto de perder el control de tus esfínteres. Las madres tenían cierta tendencia a aullar y abrazar cabecitas infantiles contra su pecho (la señora Swearingen, de Pekin, era particularmente popular por abrazar las cabecitas incluso de niños desconocidos contra su formidable pecho).

Menciono los tornados por razones relacionadas directamente con el propósito de este ensayo. Para empezar, fueron una parte real de mi infancia en el Medio Oeste, porque de niño sentía hacia ellos un terror obsesivo.

(…)

En la práctica, tanto las alertas como las alarmas parecían ser como el cuento de Pedro y el lobo para los nativos de Philo. Simplemente tenían lugar demasiado a menudo. Las alertas parecían especialmente irrelevantes, porque siempre se podían ver las tormentas viniendo del oeste con antelación, y para cuando estaban por encima de, digamos, Decatur, ya se podía diagnosticar su condición básica a partir del color y la altura de las nubes: cuanto más altos eran los cumulonimbos, más probabilidades había de granizo y alarmas. Las nubes negras como el betún eran una visión más alegre que las grises moteadas de un extraño blanco nacarado. Cuanto más breve era el intervalo entre el avistamiento de la centella y el ruido del trueno, más deprisa se movía el sistema, y cuanto más deprisa se movía el sistema, peor: como la mayoría de las cosas que suponen una amenaza, las tempestades fuertes son enérgicas y severas.

Sé por qué seguí obsesionado al hacerme mayor. Para mí, los tornados eran una transfiguración. Como todos los vientos fuertes, eran nuestra pequeña sección de coordenada z en la llanura, un cambio en la monotonía euclidiana de surcos, carretera, eje y cuadrícula. En el instituto estudiamos los tornados: una corriente alta del Canadá se desplaza en línea recta hacia el sudeste desde las montañas Dakota. Una masa cálida y húmeda sopla con acento sureño hacia el norte desde algún sitio como Arkansas: el resultado no era una χ griega ni siquiera una Γ cartesiana, sino una cuadratura del círculo, un remolino de vectores, una concavidad de curvas. Era alquímico, leibniziano. En nuestra parte del interior de Illinois, los tornados eran el punto carente de dimensiones en el que las líneas paralelas se encuentran, se arremolinan y estallan. No tenían sentido. Las casas no estallaban hacia fuera sino hacia dentro. Los burdeles quedaban intactos mientras los orfanatos que había al lado se llevaban la peor parte. Se encontraban reses muertas a cinco kilómetros de su ensilado sin el menor rasguño. Los tornados son omnipotentes y no obedecen a ninguna ley. La fuerza sin leyes no tiene forma, únicamente tendencia y duración. Ahora creo que, de niño, yo sabía todo esto sin saberlo.

La única vez que fui sorprendido por un tornado real fue en junio de 1978 en una pista de tenis en Hessel Park, en Champaign, donde estaba entrenando una tarde con Gil Antitoi. Aunque yo era un contrincante despreciable y despreciado en los torneos, era un compañero de entrenamientos codiciado porque podía enviar pelotas al sitio que uno quisiera con la constancia irreflexiva de una máquina. Aquel día en concreto se suponía que tenía que llover hacia la hora de la cena, y un par de veces pensamos que habíamos oído el eco intermitente de un par de sirenas en el Oeste por Monticello, pero Antitoi y yo entrenábamos religiosamente todas las tardes en la lenta pista de tierra batida sistema Har-Tru de Hessel, intentando prepararnos para un brutal torneo cerrado de tierra batida en Chicago donde se rumoreaba que iban a aparecer tanto Brescia como Mees. Estábamos practicando la mariposa: Antitoi me envía un drive cruzado y yo se lo devuelvo sin cruzar, él me responde con un revés cruzado y yo le envío la pelota de revés sin cruzar para que él responda con un drive, y así formamos cuatro ángulos de cuarenta y cinco grados, pero la intersección de sus golpes cruzados forma una X, lo cual quiere decir cuatro ángulos de noventa grados y también un crucifijo al que se ha efectuado la misma rotación de un cuarto de vuelta que a la esvástica (que está formada por ocho ángulos de noventa grados) de las banderas hitlerianas. Este tipo de cosas son las que me pasaban por la cabeza cuando entrenaba. El Hessel Park despedía un fuerte olor a queso por culpa de la enorme fábrica Kraft situada en el límite occidental de Champaign, y tenía unas maravillosas pistas Har-Tru caras y suaves, de un color pino tan profundo que el vuelo de las pelotas fluorescentes permanecía en el campo visual de uno durante unos segundos adicionales, como un rastro, otra razón por la que los ángulos y jeroglíficos que se crean al practicar la mariposa son básicamente una terapia de condicionamiento: ambos jugadores tienen que correr de un lado a otro de la pista al otro después de cada golpe, y una vez que el dolor inicial y el esfuerzo agotador se terminan _suponiendo que seas un chaval que está absurdamente en forma porque te pasas horas incontables e impensables saltando a la cuerda o haciendo ejercicios de estrella entre las esquinas de la pista o corriendo en línea recta de un lado para otro por los surcos perfectos de los alubiares recién sembrados a primera hora de la mañana_, en cuanto se superan el dolor y la fatiga iniciales de la mariposa, si ambos jugadores son lo bastante buenos y apenas cometen errores no forzados que rompan el ritmo, se inicia en tu interior una especie de estado de fuga en el que tu concentración se proyecta de forma telescópica hacia un punto fijo y pierdes la conciencia de tus piernas, del susurro de las suelas de tus zapatillas (cuando corres en una pista Har-Tru tienes que parar con un resbalón) y de todo lo que queda fuera de las líneas de la pista, y en gran medida lo único que percibes ya es la pelota brillante y el perfil de mariposa de ocho ángulos que forma su rastro sobre el verde de tapete de billar de la pista. Habíamos estado haciendo este ejercicio durante horas y yo había abandonado el planeta en un despegue interior silencioso cuando la pista, la pelota y el rastro de la mariposa parecieron aumentar su brillo al mismo tiempo que la luz del sol se apagaba en el cielo sobre nuestras cabezas. NInguno de nosotros se había dado cuenta de que hacía bastantes minutos que el viento no soplaba ni nos metía la familiar arenilla en los ojos; una mala señal. No hubo sirena. Más tarde dijeron que la red de alertas de defensa civil había estado averiada. Era el 6 de junio de 1978. La temperatura del aire descendió tan deprisa que pudimos notar cómo se nos erizaba el vello. No había truenos y el aire no se movía. No puedo explicar por qué seguimos dándole a la pelota. Ninguno de nosotros dijo nada. No había sirena. Era mediodía; no había nadie más en las pistas. No había más depresiones que una zanja saprogénica rodeando el campo de maíz nuevo justo al oeste. ¿Qué podríamos haber hecho? El aire siempre huele a hierba cortada antes de una tormenta fuerte. Creo que pensamos que en el peor de los casos llovería y que jugaríamos hasta que empezara a llover y luego nos sentaríamos dentro de la camioneta de los padres de Antitoi. Recuerdo una obscenidad mental: yo tenía cuerdas de tripa en mis raquetas (unas cuerdas que todo el mundo situado en los puestos superiores de la clasificación conseguía gratis dejando que el representante de la Wilson pintara con spray una W en la superficie de la raqueta, de forma que eran gratis, pero me encantaban las cuerdas de aquella raqueta en particular, me gustaban tensas pero no del todo, unos 62-63 p.s.i. de un tensador Proflite) y la tripa se vuelve pasta si se moja, pero los dos estábamos en aquel estado de fuga que se desencadena gracias al agotamiento provocado por la repetición, un estado de fuga que he decidido que me pasé toda mi época de jugador de tenis buscando, un estado de fuga que yo asociaba también con arar y sembrar, con quitarle las borlas al maíz y aplicar herbicida para un lado y para el otro en los turnos de guarda trazando líneas perfectas, hacia arriba y hacia atrás, o con las marchas militares sobre asfalto liso, hipnótico, un estado mental al mismo tiempo ausente y exuberante, entumecedor y, sin embargo, sentido con exquisitez. Éramos jóvenes, no sabíamos parar a tiempo. Tal vez yo odiaba mi cuerpo y quería herirlo, desgastarlo. Luego todo el campo de plantas hasta la altura de las rodillas que se extendía al oeste junto a Kirby Avenue fue aplastado por una oleada de aire que venía en nuestra dirección, como si le estuviese pasando por encima una apisonadora. Antitoi corrió en dirección oeste para un drive cruzado y yo vi cómo el maíz era abatido en oleadas y los sicomoros de un bosquecillo que bordeaba la zanja se doblablan para apuntar en nuestra dirección. No había columna. O bien se había limitado a materializarse y desaparecer o bien no era de verdad. Los asientos de los columpios industriales salieron despedidos y sus cadenas se enrollaron una y otra vez alrededor de la barra superior. La hierba del parque quedó aplastada de la misma forma que el campo. Todo pasó tan deprisa que yo nunca había visto nada igual. Recuerden aquella filmación de la bomba atómica de Bimini donde se veía cómo la onda expansiva se iba acercando al equipo de filmación del barco. Todo pasó muy deprisa pero en progresión sucesiva: el campo, los árboles, los columpios, la hierba y luego una sensación como si la zarpa más grande del mundo hubiera retirado su presa, las redes se desprendieron y se elevaron de repente con actitud sexual, y creo recordar haber tirado una pelota en dirección a Antitoi para ver su curva radical oeste-este, y por alguna razón haber intentado correr detrás de una pelota que acababa de golpear, y entonces recuerdo un tirón suave en los muslos y la pelota volviendo a mí en trayectoria curva y yo adelantando a la pelota y golpeando la pelota en pleno vuelo por encima de la red horizontal, sin que mis pies tocaran el suelo durante unos quince metros, como un dibujo animado, y luego fuimos rodeados por una nube de porquería y ahechaduras, y tanto Antitoi como yo salimos volando o fuimos arrastrados girando por el aire a lo largo de lo que juro que fueron por lo menos quince metros hasta la verja de una pista más allá, la verja situada más al este, nos estampamos contra la verja con tanta fuerza que la derribamos y se quedó inclinada en un ángulo de cuarenta y cinco grados, a Antitoi se le desprendió una retina y tuvo que llevar gafas estilo funky a los Karim Abdul-Jabbar durante el resto del verano, y a la verja se le quedaron dos mellas en forma de cuerpos humanos igual que en los dibujos animados cuando la cara del tipo queda estampada en la artén que le acaba de golpear. La verja nos hizo unas máscaras de catcher: a los dos nos quedaron sendas cuadrículas profundamente impresas en la cara, el torso y la parte delantera de las piernas, hechas por la verja; mi hermana decía que parecíamos gofres, pero ninguno de los dos se hizo daño de verdad, y tampoco hubo casas dañadas. O bien el tornado simplemente ascendió de nuevo inmediatamente después sin ninguna razón (son así, no obedecen ninguna regla, no siguen ningún esquema, suben y bajan guiados por algo que podría ser voluntad), o bien no era un tornado de verdad. Después de aquello la competencia tenística de Antitoi suigió mejorando, pero la mía no.”

Deporte derivado en el corredor de los tornados. David Foster Wallace, 1990

Campo, Colorado, USA. Brandon Goforth, 31 de mayo de 2010

— hace 1 semana
#meteoro  #tornados  #david foster wallace  #libros  #1990s  #photography  #brandon goforth  #2010s 

Katharine Hepburn at home. Hartford, Connecticut, 1952

Katharine Hepburn at home. Hartford, Connecticut, 1952

— hace 1 semana con 65 notas
#cine  #katharine hepburn  #1950s  #photography  #? 

Fargo (TV Serie). Noah Hawley, 2014

Ribtor Building [J.A. Cawson, 1912, para Massey-Harris]. 318 - 11th Avenue S.E. Calgary, AB, Canadá

— hace 1 semana
#cine  #arch tekton  #edificios de película  #fargo tv